Heladera

¡Al rico helado…! ¡Mantecado, helado…!

En la década de los años 50 una familia de tierras levantinas se establecía en Torralba durante el verano para elaborar artesanalmente y vender los primeros helados que se recuerdan en el municipio.

El puesto estaba en la Plaza de la Villa, delante de la Iglesia, y el más popular y económico producto despachado -casi siempre por la hija, Loli– era el “helado de un perro”, que no era más que una pequeña paletada de helado en la galleta de los helados de corte. Una delicia al alcance de todos los bolsillos ya que su importe era la moneda de 10 céntimos de peseta.

Pocos años después, a principios de los 60, el conocido empresario torralbeño, Apolonio Prado García, abrió la heladería El Norte, regentada por su hija, conocida como la Pepilla. La heladera se distinguía por su impecable vestimenta, con un gran delantal o bata de color blanco. Y, en el caso, de Pepa una simpatía desbordante.

Se elaboraba artesanalmente el rico helado, una empresa nada fácil que requería tiempo y mucho esfuerzo. Consistía en colocar todos los ingredientes -leche, azúcares y el sabor deseado- en un tambor delgado que se hundía en un recipiente más grande que contenía una mezcla de hielo y sal. Con este artilugio, la heladera lograba, bate que te bate, que la sal derritiera el hielo y que esa salmuera congelada proporcionara la suficiente refrigeración a la mezcla de leche sin que ésta llegara a congelarse.

Más tarde, llegaron los refrigeradores y el oficio de heladera se perdió con la introducción de los helados industriales que con tanta facilidad tenemos en nuestros hogares.

Una auténtica delicia al alcance de todos los paladares, con una única traba: sólo se podía elegir entre chocolate, fresa y vainilla, aunque no muy tarde, la heladería El Norte sumó a su carta de sabores, el helado de leche merengada que la hizo famosa en Torralba y su comarca.