Herrador

En los siglos pasados, el oficio de herrador fue muy importante en las villas campesinas como Torralba. Los vecinos de Torralba vivían de labrar y cultivar la tierra, así como de la ganadería. Para estos trabajos se necesitaba la ayuda de bueyes, mulas, caballos, yeguas y asnos (denominados coloquialmente borricos o borricas).

Cada mes o cada cuarenta días, estos animales debían pasar por la herrería. Había dos modos de herrar a los animales: con la herradura en frío o en caliente. Si se hacía en caliente, el herrador necesitaba un fogón o una pequeña fragua donde calentar al rojo vivo la herradura, que era colocada después sobre el casco del animal y ajustada a golpe de martillo sobre el casco para, finalmente, clavarla con unos clavos especiales de cabeza cuadrada o piramidal.

Para realizar su trabajo, los herradores se situaban en lugares céntricos de las poblaciones. En Torralba, los primeros herradores debieron asentarse a finales del siglo XV y es muy probable que fuesen también herreros y trabajasen al lado de la primera herrería, situada en la Plaza Vieja, junto al hospital de San Pedro (en la actualidad, Plaza de Don Quijote).

Uno de los últimos herradores que hubo en la localidad trabajaba en la actual Plaza de España. A ambos lados de la puerta de entrada había grandes argollas de hierro para atar a los animales, en espera de que pudieran ser herrados.

El lugar donde trabajaba el herrador siempre era uno de los más concurridos de las villas, porque, además del herrador, sus ayudantes y aprendices, estaban los dueños de los animales o los criados, gañanes, mozos y zagales, que conducían a los animales.

Antes de comenzar a herrar al animal, el herrador y sus ayudantes tenían que asegurar su integridad personal para no ser heridos con coces o bocados. Por esta razón, maniataban al animal con cuerdas y se les ponía un palo cilíndrico de madera (llamado acial) en el labio superior, atado con una cuerda, para evitar mordiscos. Otra estrategia muy común era taparles los ojos y darles vueltas para que olvidasen el lugar en el que estaban.

Una vez preparado todo, el herrador procedía a quitar la herradura usada con una herramienta llamada botapunta. Después, limpiaba el pie del animal, cortaba la uña del casco con ayuda del pujavante y la limaba y rebajaba con una lima llamada escofina.

Tras estas operaciones, había que adaptar las herraduras a los cascos del animal, que eran distintas para las patas delanteras (o manos) y para las traseras. Una vez seleccionadas las herraduras, se calentaban y cuando estaban al rojo vivo, el herrador las iba adaptando a golpe de martillo.

En los años 60 y 70 del siglo pasado, la mecanización llegó al campo manchego. Los tractores sustituyeron a las yuntas de mulas y, en unos pocos años, todos los trabajos que hacían los animales de tiro y carga fueron sustituidos por máquinas. Sin animales que herrar, el antiguo oficio de herrador desapareció de la villa de Torralba.