Lañador
¡Paragüero, enlañador!
El lañador (llamado popularmente enlañador en Torralba) reparaba los cacharros de barro con lañas de hierro, de ahí su nombre. Generalmente, los lañadores eran artesanos ambulantes, aunque en ocasiones residían en los pueblos, como ocurrió en Torralba.
Uno de los últimos enlañadores en Torralba fue Ramón García que, a principios del siglo pasado, salía a la calle levantando la voz al grito de “Paragüero, enlañador” y paraba en plazas y esquinas, donde los vecinos sacaban las piezas de loza, cántaros, dornillos y demás menaje para que estos hábiles artesanos pudieran repararlos.
Con gran habilidad, el lañador hacía pequeños orificios con un torno de mano o “bola de enlañar” a un lado y otro de la raja del utensilio roto. Después, introducía la laña o grapa de hierro por los agujeros, cerrando la apertura de la grieta. Terminaba su labor tapando muy bien con cal grasa los agujeros de la laña y la grieta.
El lañador era el artesano del aprovechamiento. Con la incorporación de los pucheros y ollas metálicas a las cocinas, también comenzó a repararlos soldando las grietas con estaño. En ese caso, el lañador calentaba el metal en el anafre, un sencillo hornillo portátil. Y, en los últimos años de existencia de este oficio, añadió a las labores de reparación, la fabricación, en hojalata, de otros utensilios domésticos como latas para hornos, moldes para flanes, candilejas para magdalenas y otros enseres hechos con este material.
La llegada del plástico y otros materiales para el uso doméstico, hacia los años 70 del siglo pasado, fue sustituyendo poco a poco los cacharros de barro. Eran nuevos tiempos, la cultura del aprovechamiento y la reparación de utensilios estaba desapareciendo y, con ello, el oficio de lañador.
¡No eran tiempos de obsolescencia programada!



