Rezadora

Anima mía tente fuerte que nuestro señor Jesucristo por ti pasó muerte, al valle de Josafat irás y con el enemigo malo te encontrarás, enemigo malo vete de aquí que no tienes parte en mí ni en ninguno de los que estamos aquí, porque el día de la cruz dije tres veces: Jesús, Jesús, Jesús.

El oficio de rezadora solía ser ejercido por una persona mayor que, llamada por la familia de un fallecido, rezaba antiguas oraciones aprendidas de sus antepasados por el alma de los difuntos y su eterno descanso. O como se decía coloquialmente, ayudaban a que «bien mueran» los muertos.

Las rezadoras eran generalmente mujeres, el oficio era heredado de sus madres, abuelas u otras personas de más edad y prestaban sus servicios, generalmente, a las familias de menor poder adquisitivo.

Antiguamente, el velatorio o duelo, que transcurría con un continuo ir y venir de familiares, amigos y vecinos, se hacía en la casa del difunto y era en este lugar en el que la rezadora dirigía los rezos. Los funerales en los pueblos ha sido donde más se ha demostrado el respeto hacia la persona difunta paralizándose cualquier actividad durante las honras fúnebres.

Eran las mujeres las que se quedaban en casa rezando, mientras los hombres iban al cementerio a enterrar al muerto.

Se rezaban responsos por el eterno descanso del alma del recién fallecido y por otros difuntos de la familia que habían muerto anteriormente y que siempre eran recordados; se rezaban también otras oraciones que la rezadora preparaba para el momento y que le habían sido transmitidas por tradición oral.

Cuando los hombres regresaban del cementerio se paraban los rezos y las personas presentes se retiraban después de reiterarle su pésame a las dolientes.

A la rezadora, antes de despedirla, se le gratificaba y volvían a llamarla puntualmente al mes de la muerte o en otras fechas importantes para volver a rezar con ellas. Muchas familias rezaban a sus muertos todos los meses durante un año entero. Otro momento en que la rezadora prestaba sus servicios a las familias y se ganaba su sustento era el Día de los Difuntos que, de lápida en lápida, rezaba sus oraciones mientras se llevaba unos duros o pesetas a la faltriquera.

En la actualidad vivimos en una sociedad donde han desaparecido muchos prejuicios y tabúes, pero curiosamente se ha acentuado uno, el de la muerte, que se oculta bajo imágenes de juventud, placeres, felicidad efímera, etc. relegando a un segundo plano la vejez, la enfermedad y también la muerte. Por eso, cada vez nos cuesta más enfrentarnos a ella, por eso, poco a poco, todos los ritos y costumbres relacionados con ella van desapareciendo, como este ancestral oficio.

A la última rezadora que se conoce en este pueblo nadie le rezó, como lo hizo ella en multitud de ocasiones, el día de su muerte allá por los años 70.